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AI Voice AudioBook: Años de juventud del doctor Angélico by Armando Palacio Valdés

AudioBook: Años de juventud del doctor Angélico by Armando Palacio Valdés

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AÑOS DE JUVENTUD DEL DOCTOR ANGÉLICO

OBRAS DE PALACIO VALDÉS

TOMO XX

AÑOS DE JUVENTUD DEL DOCTOR ANGÉLICO (NUEVOS PAPELES DEL DOCTOR ANGEL JIMÉNEZ)

PRIMERA PARTE

I

MI VIAJE Y MI INSTALACIÓN EN LA CORTE DE ESPAÑA

Creo que mi padre tenía razón. En último resultado me hubiera convenido más permanecer a su lado, ayudarle en sus negocios, hacerlos prosperar y dejar transcurrir la vida dulcemente en el pueblo trabajando a mis horas, paseando a mis horas, durmiendo a mis horas, rezando a mis horas y no leyendo a ninguna.

Tengo más de cincuenta años, he estudiado mucho, he viajado bastante, he tratado con los sabios, he escrito, he discutido y al cabo me encuentro triste, fatigado, con el estómago descompuesto y los nervios en plena rebelión.

Los problemas que estaba ansioso de resolver, ahí se están frescos y orondos como al comienzo del mundo, y es más que probable que así permanezcan hasta el fin.

Pero no es tiempo ya de volver sobre mis pasos. Si lo fuera seguramente incurriría en otros aun mayores errores.

Lo cierto es que desembarqué en Madrid una mañana del mes de octubre del año de gracia de 1867. El tren, que me había traído desde Asturias, llegó con dos horas de retraso, y me apeé en la estación del Norte, sintiendo en el cuerpo una gran melancolía. Había dejado mi tierra, mi casa, mi padre, mi hermano, mis viejos amigos y aquel ambiente de tranquila y odorante vida rural que tanto amo, para internarme en una ciudad grande, ruidosa, llena de desconocidos y de edificios que se alzaban como peñascos inmensos.

El ruido de los carros, el vocerío de los mozos de cuerda, el traquetear de los equipajes, el movimiento de gentes que iban y venían sin cesar, todo aquello me aturdió. ¡Qué contraste tan grande entre el silencio de mi aldea y este estruendo!

Alquilé un coche, di al cochero la dirección de la casa que me había recomendado un amigo de mi padre, y al tomar la calle de Preciados, sentí una extraña excitación. Aquello era Madrid, la Corte, el centro del Universo, el foco de toda la civilización española.

La casa que me sirvió de morada, sita en el número tres de la calle de la Cruz, pertenecía entonces a una viuda que la tenía alquilada por habitaciones. Dicha señora, que respondía al nombre de doña Remedios, era una especie de matrona asturiana, de edad indefinida, con un rostro que se parecía a una manzana maltratada por las heladas y una lengua que no conocía la moderación.

Me enseñó la habitación. Era pequeña, pero decente. Tenía dos ventanas que daban a un patio interior, un armario empotrado, un lavabo de mármol y una cama con colchón de paja. El precio no era excesivo, y a pesar de mis deseos de ahorrar, lo acepté sin regatear.

Mientras doña Remedios me explicaba las ventajas de su casa y me daba cuenta de los hábitos de los inquilinos, yo sentía que se me hacía un nudo en el estómago. Quería estar solo, desembalar mis pocos baúles, tender mis ropas, arreglar mis libros y hacer una primera exploración del barrio.

Al despedirme de la señora, le dije que quizás comería en la fonda del barrio, a lo que ella replicó con una risa ronca:

—¡Usted es un señorito que viene a la Corte para divertirse! ¡Ya verá! Aquí no se vive con cuatro cuartos como en el pueblo. Ya le digo yo que no.

Me sonrojé y me excusé diciendo que mis medios eran muy limitados.

—¡Bah! —insistió la asturiana—. ¡Todo el mundo dice eso! Pero luego se ven los resultados. ¡Ya veremos si usted es la excepción!

Salí de allí con una ligera irritación, la cual se transformó en curiosidad al asomarme a la calle. ¡Qué gente tan distinta a la que yo conocía! Hombres y mujeres atareados, vestidos con una elegancia que yo nunca había visto, y un aire de importancia en todos los gestos que me impresionó profundamente.

Comí en una fonda cercana, de plato corriente, por un precio que me pareció exorbitante. La comida no me gustó nada. Volví a mi cuarto y me puse a desempacar. Mis libros y mis instrumentos científicos eran los únicos objetos que me consolaron un poco en aquella soledad extraña. El Dr. Herrera, mi antiguo profesor de Salamanca, me había aconsejado establecer mi consulta en el Barrio de Salamanca, pero yo no quería gastar demasiado al principio, y además, mi idea era estudiar la vida madrileña, sus costumbres y sus hombres, antes de lanzarme a la lid.

La consulta de un médico en Madrid en aquella época no era cosa fácil de establecer. La competencia era grande, y los títulos, aunque necesarios, no eran suficientes para ganar la clientela. Se necesitaba algo más: relaciones, prestigio, influencia. Yo no tenía nada de eso.

Mi llegada a Madrid coincidió con la revolución de septiembre, que acababa de estallar en Cádiz. El ambiente político estaba enrarecido; se hablaba en las tertulias y en los cafés de España y de ultramar con un fervor que me sorprendió. Yo, que me consideraba un liberal moderado, me sentí pronto arrastrado por la corriente.

Encontré alojamiento temporal y me dediqué a buscar un piso decente. Después de una semana de penosa búsqueda, conseguí uno en la calle de la Luna, en el barrio de los Austrias, un lugar viejo, pero con cierto aire de dignidad pasada. Era un piso primero, con un salón amplio y tres alcobas. Alquilarlo me costó casi todos los ahorros que me había traído de casa.

Cuando me instalé, me dediqué a estudiar la ciudad. Paseaba por la Puerta del Sol, veía el movimiento en la Carrera de San Jerónimo, visitaba los museos y las bibliotecas. Sentía una sed insaciable de conocimiento, pero también una honda soledad. No conocía a nadie, y mi acento asturiano era objeto de burla o de condescendencia.

Un día, mientras curioseaba en la librería de don Eusebio Blasco, en la calle de la Aduana, me encontré con un joven que hojeaba con interés un tratado de fisiología. Era un mozo alto, de barba cana incipiente y ojos vivos y penetrantes. Hablamos de libros y, para mi sorpresa, descubrí que era estudiante de medicina, recién llegado de Valencia. Se llamaba Ricardo de la Fuente.

—¿Es usted médico? —me preguntó con interés.

—Acabo de colegiarme —respondí.

—¡Qué suerte! Yo estoy en el tercer año. ¿Sabe usted algo de química orgánica? Es mi talón de Aquiles.

Le expliqué con sencillez lo que sabía. Ricardo me escuchó con atención, y al terminar, me propuso:

—Si quiere usted conocer gentes interesantes de nuestra profesión, venga conmigo esta noche al café de la Fontana de Oro. Allí se reúnen los médicos más brillantes de Madrid.

Acepté con gusto. Era la primera invitación que recibía, y me sentí un poco aliviado de mi aislamiento.

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