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AudioBook: Obras completas de Fígaro, Tomo 2 by Mariano José de Larra
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COLECCIÓN DE ARTÍCULOS
...On me dit qu'il s'est établi dans Madrid un système de liberté qu s'étend même à la presse; et pourvu que je ne parle en mes écrits, ni de l'autorité, ni du culte, ni de la politique, ni de la morale, ni des gens en place, ni des corps en crédit, ni de l'opéra, ni des autres spectacles, ni de personne qui tienne à quelque chose, je puis tout imprimer librement, sous l'inspection de deux ou trois censeurs. Pour profiter de cette douce liberté, j'annonce un écrit...
BEAUMARCHAIS. Le Mariage de Figaro, 1784.
COLECCIÓN DE ARTÍCULOS DRAMÁTICOS, LITERARIOS, POLÍTICOS Y DE COSTUMBRES
--Mi nombre y mis propósitos
Cuando un hombre resuelve de repente, sin más industria que la de haber nacido y la de haber vivido en este siglo y en esta corte, ponerse a escribir para el público, es bien natural que el público se forme ideas, y que pida una explicación de los motivos que le han animado a emprender una tarea en que pocos han acertado y muchos han fracasado. El autor no tiene más ambición que la de entretener al lector en sus ratos de ocio, y si lo consigue, se dará por contento.
No he de escribir sobre política, ni sobre religión, ni sobre costumbres de la corte, ni sobre los usos de la sociedad; todos estos son ramos muy espinosos, y el autor no tiene ni el valor ni la habilidad para meterse en ellos. Los he de dejar a los hombres de Estado, a los teólogos, a los preceptores de moral y a los cortesanos más expertos. No he de ser yo quien dé lecciones a nadie; mi único objeto es divertir y divertirme.
Si no he de tratar de asuntos tan graves, ¿de qué he de hablar? Hablaré de todo y de nada. Tomaré un trozo de la vida diaria, lo sacaré de su seno, lo pondré en la escena, le daré relieve, lo retocaré y lo presentaré al público, tal cual es, sin afeites ni adornos.
Mi libro no será ni un periódico, ni un almanaque, ni un tomo de filosofía, ni un compendio de ciencia. Será una colección de artículos sueltos, sin otro enlace que el de haber sido escritos por el mismo autor y haber aparecido en el mismo periódico, a medida que el tiempo los iba pidiendo.
Diré lo que pienso, y pensaré como debo. Si mi pensamiento es recto y mi juicio sano, el público me lo perdonará; si no lo es, será un error de un escritor sin pretensiones, y no de un filósofo que quiere dar cátedra.
Quisiera yo tener la gracia de un Addison, la agudeza de un Swift, la elocuencia de un Burke, o la elegancia de un Voltaire. Pero como no las tengo, me contentaré con ser yo mismo, con hablar mi lenguaje y con pensar mis pensamientos. Si mi estilo es sencillo, es porque mi objeto no es adornar, sino explicar.
En cuanto a las materias que he de tratar, serán tan variadas como la vida misma. Un día hablaré de un drama que acabo de ver; otro, de una ópera que me ha gustado o disgustado; otro, de una costumbre ridícula que he observado en la calle; otro, de una lectura que me ha interesado; otro, de un acontecimiento reciente que me ha llamado la atención.
Será, en fin, un espejo en el que el público podrá verse reflejado, si es que le place mirarse en él. Si encuentra su figura bien o mal dibujada, no es culpa del espejo, sino de la realidad.
Y ahora, con estas pocas palabras, me presento al público. No pido aplausos, pido indulgencia. Mi nombre es conocido en el mundo de las letras, pero no es el de un autor célebre. Soy un escritor de periódico, y como tal, aspiro modestamente a ocupar un rincón en la memoria del lector, no para pasar a la historia, sino para servir de pasajera diversión en el camino de la vida.
--Representación de los Zelos infundados
Ayer noche asistí a la representación de Los celos infundados de Leandro Fernández de Moratín. Esta pieza, que ha sido una de las más aplaudidas del insigne autor, y que se ha representado innumerables veces con el mayor éxito, me produjo ayer una impresión bastante peculiar.
No es que me parezca mala; al contrario, la considero una comedia muy bien construida, con personajes bien delineados y un diálogo ágil y natural. Sin embargo, después de tantas representaciones, y de haberla visto tantas veces, me ha entrado una especie de hastío, una fatiga de la repetición que me hace ver la obra con otros ojos.
La primera vez que vi Los celos infundados, me reí de las extravagancias de Don Claudio, me compadecí de Doña Francisca, y me alegré con el desenlace feliz de la comedia. Ayer, en cambio, me pareció que Don Claudio era un hombre muy pesado, Doña Francisca una mujer muy simplona, y el desenlace, una necesidad del género, pero nada más.
Es el mal de ver muchas veces las mismas cosas. La novedad se desvanece, y lo que antes era sorprendente o divertido, se vuelve rutinario y previsible. El espectador se acostumbra al ingenio del autor, y deja de admirar lo que antes le parecía un portento.
Lo mismo sucede con las costumbres. Cuando vemos una costumbre nueva, nos llama la atención, la comentamos, la criticamos o la aplaudimos. Pero si esa costumbre se establece y se hace general, deja de ser noticia y se convierte en parte del paisaje.
Y en el teatro, que es una imitación de la vida, sucede lo mismo. Las situaciones que Moratín presenta, que en su tiempo fueron un reflejo fiel de la sociedad madrileña, hoy, vistas con la perspectiva de los años, parecen algo anacrónicas o exageradas.
Don Claudio, con sus celos ridículos y su manía de vigilar a su prometida, es un tipo que todavía existe, pero su manera de actuar, tan propia del siglo XVIII, resulta hoy un poco cómica por su ingenuidad. Doña Francisca, la joven a quien se le prohíbe ver o hablar con su galán, es el arquetipo de la joven protegida, pero hoy las jóvenes tienen más libertad y sus conflictos son otros.
A pesar de esto, reconozco el mérito innegable de la obra. Moratín supo captar el espíritu de su tiempo y crear personajes que, aunque hoy parezcan algo distantes, son psicológicamente coherentes. El teatro debe reflejar la sociedad, y si la sociedad cambia, el teatro también debe evolucionar.
Por eso, creo que el público que hoy llena el teatro para ver Los celos infundados no es el mismo que lo llenaba hace cincuenta años. El público de hoy busca en el teatro una evasión o un reflejo de sus propias preocupaciones, y si bien la comedia de Moratín sigue siendo buena, ya no es el espejo de la vida que fue en su momento.
Me gustaría ver más obras nuevas, que reflejen nuestro tiempo, nuestros problemas, nuestras alegrías y nuestras tristezas. El teatro es un espejo, y si el espejo está empañado o muestra un paisaje viejo, el espectador se aburre.
Y este aburrimiento, señores, es la mayor ofensa que se puede hacer a un autor. El autor quiere que su obra viva, que se renueve con el tiempo, pero si el público se cansa de ella, es señal de que la vida se ha ido apagando en sus versos y en sus diálogos.
Espero que las comedias futuras nos muestren un panorama más fresco y actual. Mientras tanto, seguiré yendo al teatro, aunque sea para quejarme de la repetición, porque el teatro, a pesar de todo, sigue siendo un arte noble y necesario.
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