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AudioBook: El sombrero de tres picos by Pedro Antonio de Alarcón
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EL SOMBRERO DE TRES PICOS
HISTORIA VERDADERA DE UN SUCEDIDO QUE ANDA EN ROMANCES ESCRITA AHORA TAL Y COMO PASÓ
POR
D. PEDRO A. DE ALARCÓN
EL SOMBRERO DE TRES PICOS
CAPÍTULO I
En la villa de Chiclana, cuyos aires, según dicen, son tan buenos para los pulmones como son malos para el alma, vivían, hace unos cincuenta años, el alcalde Don Eugenio de Zúñiga y la alcaldesa Doña Francisca Pérez, más conocida por su sobrenombre de la Frasquita.
Don Eugenio era un hombre de bien, honrado, justo y cumplidor de su deber; poseía una pequeña propiedad en las inmediaciones de la villa, con la cual vivía modestamente, pero sin apuros, al lado de su sobrina, una muchacha de dieciséis años, llamada Trini, que era su única heredera y a la par su única compañía, pues Don Eugenio no se había casado ni había tenido hijos.
La Frasquita, por el contrario, era una mujer joven y agraciada, conocida en toda la comarca por su singular hermosura y por sus muchos enredos amorosos. Era casada con un molinero llamado Don Telesforo, hombre parco y sencillo, pero de buen corazón, que vivía felizmente con ella y que no sospechaba en absoluto la fama que su mujer tenía fuera de su casa.
El alcalde, a pesar de su edad y de su virtud, no era insensible a la belleza de la Frasquita. Desde el día en que la vio por primera vez, quedó prendado de ella, y no pasaba día en que no buscara una ocasión de hablarle y cortejarla con la mayor de las precauciones y discreción.
La Frasquita, a pesar de su reputación, no era mala mujer; pero sí era algo coqueta y le gustaba dejarse galantear. Ella sabía de sobra el afecto que el alcalde le tenía, y a menudo sonreía con picardía a sus insinuaciones, sin dar jamás un paso que pudiera comprometer su honra o la de su marido.
Un día de verano, el alcalde se presentó en el molino de Don Telesforo con el pretexto de inspeccionar el estado de las acequias. El molinero, que estaba ocupado en su trabajo, le recibió con los honores debidos a su cargo.
—Buenos días, Don Telesforo —dijo el alcalde, con su tono más amable —. Vengo a ver si necesita usted alguna ayuda del Ayuntamiento para reparar las acequias.
—Muy señor mío —respondió el molinero, secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano—, se lo agradezco mucho. Por ahora todo está en orden, pero nunca se sabe cuándo puede surgir un desperfecto.
Mientras hablaban, la Frasquita salió al patio con una cesta de ropa recién lavada. Iba vestida con un traje de tela blanca, un poco ajustado, que dejaba ver sus hermosas formas. Llevaba el pelo recogido en un moño sencillo, y sus mejillas sonrosadas brillaban bajo el sol.
El alcalde, al verla, se quedó sin habla por un momento, como si hubiera recibido una descarga eléctrica.
—¡Válgame Dios! —exclamó Don Eugenio, intentando disimular su embeleso—. ¡Qué buen día hace hoy, Doña Francisca!
—Tan bueno como su vista, señor alcalde —respondió ella con una sonrisa que hizo temblar al anciano funcionario.
El molinero, ajeno a la tensión que se había creado entre su mujer y el alcalde, se limitó a asentir con la cabeza.
—Mi mujer es muy hacendosa, señor alcalde. No deja que se me acumule el trabajo.
La Frasquita, aprovechando una pausa en la conversación, se acercó al alcalde.
—Señor alcalde —dijo ella, con voz meliflua—, ya que está usted por aquí, ¿querría entrar a tomar un vaso de vino fresco? Mi marido no tiene inconveniente, ¿verdad, Telesforo?
—¡Por Dios, no! —contestó el molinero—. Siéntese, señor alcalde. Yo sigo con mi trabajo, pero mi mujer le atenderá.
El alcalde, que no deseaba otra cosa, aceptó con presteza. Entraron en la casa, que era sencilla pero limpia, y la Frasquita sirvió un vino muy bueno en dos copas de cristal.
Mientras bebían, el alcalde no pudo dejar de admirar la gracia y la gracia de la joven. Ella, por su parte, disfrutaba de la situación, sabiendo el efecto que producía en él.
—Este vino es excelente, Doña Francisca —dijo el alcalde, después de dar un largo sorbo—. ¿De dónde lo saca?
—De nuestra propia cosecha, señor alcalde —respondió ella, guiñándole un ojo—. Mi marido se esmera mucho en el cuidado de la viña.
El alcalde sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo.
—Usted es una mujer afortunada, Doña Francisca, al tener un marido tan trabajador y tan bueno.
—No me quejo, señor alcalde. Pero a veces, el trabajo es tan duro, y el día tan largo...
La Frasquita dejó la frase en el aire, con una mirada interrogante dirigida al alcalde, que comprendió perfectamente el doble sentido de sus palabras.
—Sí, sí —murmuró él, con voz ronca—. Lo entiendo perfectamente. El trabajo del campo es agotador.
En ese momento, se oyó la voz de Don Telesforo desde el patio.
—¡Francisca! ¿Has visto mi sombrero? ¡Me estorba el sol en los ojos y no veo bien el nivel del agua!
La Frasquita se levantó de un salto.
—¡Ahora mismo voy, marido!
Y se dirigió al patio, dejando al alcalde sumido en sus pensamientos, con la copa a medio terminar. El sombrero del molinero era un sombrero de tres picos, característico de la época, que Don Telesforo usaba constantemente para protegerse del sol.
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