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AudioBook: Fausto: Primera parte by Johann Wolfgang von Goethe
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FAUSTO
TRAGEDIA DE
JUAN WOLFANGO GOETHE
PRIMERA PARTE
TRADUCIDA POR TEODORO LLORENTE
CARTA
QUE SIRVIÓ DE PRÓLOGO PARA LA PRIMERA EDICIÓN
A VICENTE W. QUEROL
Decídome al fin, querido Vicente; cedo a tus instancias y a las de otros buenos amigos, demasiado buenos quizás para ser en esta ocasión imparciales y discretos. A las prensas va, tras luengas dudas e incertidumbres, mi traducción del FAUSTO: si hago mal, vuestra será la culpa, aunque solo yo pague la pena. ¡Perdona, oh Júpiter de Weimar, insigne Goethe! ¡Perdona el atrevimiento, y quiera Dios que no llegue a la categoría de desacato! Tu famoso Doctor sale de nuevo a campaña, por estas tierras españolas, vestido a la usanza de los galanes de Cervantes, de Lope y Calderón: gallarda usanza, si la gentil ropilla no le ajusta desgarbadamente por los pecados de un mal sastre remendón.
Mientras llegan --que sí llegarán-- los sinsabores de la crítica, ¡qué deleitosa fruición, amigo mío, la de este pasajero retorno a los estudios que fueron el encanto de nuestros mejores años! Al buscar, allá en olvidado rincón, entre un fárrago de papeles viejos, llenos de versos y de borrones, las revueltas cuartillas en que palpitan los amores, las quimeras y los tormentos de la pobre Margarita y el insaciable Fausto, al tropezar de nuevo con un cúmulo de inconexa poesía, de ensayos abandonados, estudios interrumpidos, tentativas audaces, abortos desdichados, engendros que quizás hubieran podido vivir, frutos mal sazonados todos ellos de la dichosa, de la arrogante juventud, surge hermosa, sonriente y un tanto melancólica, del fondo plácido de los recuerdos, aquella juventud ya lejana; y tu nombre viene a mis mientes, y pasa de ellas a los filos de la pluma, que parece buscar por sí misma el papel, para comunicarte y compartir contigo tan gratas impresiones.
¿Te acuerdas de aquellos alegres días, cuando nos encontrábamos en los claustros de la Universidad, y olvidando la Instituta de Justiniano o el Ordenamiento de Alcalá, nuestras almas, como pájaros que ven la jaula abierta, volaban juntas por los cielos esplendorosos de la poesía? ¿Te acuerdas de la fiebre con que leíamos y devorábamos cuantos versos caían en nuestras manos, produciéndonos igual entusiasmo las patrióticas odas de Quintana, las borrascosas inspiraciones de Espronceda, o los legendarios relatos de Zorrilla? Antiguos o modernos, clásicos o románticos, españoles o extranjeros, todos los vates nos atraían, nos arrastraban, nos llevaban lejos de este mundo, abriéndonos las puertas del mundo ideal. Epopeya y drama, epigrama y oda, idilio y elegía, todo nos lo apropiábamos, todo nos lo queríamos asimilar, sin que bastase nada al impaciente anhelo. El Parnaso español, con el que nos habían familiarizado los preceptores, fue pronto estrecho para nosotros; y a los poetas castellanos, sabidos de memoria, sucedieron los vates extranjeros. Dante, Petrarca, Tasso bajaban de las espléndidas cimas de la gloria, para guiar nuestros pasos; Camoëns nos señalaba el dorado camino del oriente; Corneille y Racine nos iniciaban en la pomposa majestad del teatro francés; Chateaubriand nos revelaba el nuevo mundo de las fantasías románticas; Lamartine encendía en nuestra alma el calor de una sensibilidad delicada y triste; Víctor Hugo arrebataba nuestra imaginación con el ímpetu de su genio desbordado.
Y aún queríamos más poesía; aún nos atraían con fuerza irresistible los fantasmas del septentrión, que envuelve Ossián entre nieblas y tempestades, y las sangrientas leyendas de los bardos celtas, y las bíblicas visiones de Milton, y los sombríos y misteriosos dramas de Shakespeare. ¡Shakespeare! ¡Oh, cuántas noches en vela, cuántas horas de ensueño ante la presencia de aquel titán! Cuando tú y yo leímos sus obras, sintiose en nuestras almas una profunda conmoción, una especie de pavor reverente, como si ante el poder de un dios nos hallásemos. Luego, al encontrar en el alemán a su igual, al par que él de tan poderoso genio y de tan fecunda imaginación, pero de más profunda filosofía y de más universal pensamiento, la admiración se hizo devoción.
Fue en presencia de Goethe donde nuestros ideales encontraron su más cabal y perfecto centro. Su figura, alta, serena, aristocrática, dominaba todo el horizonte de nuestra aspiración. Su genio, tan claro en su juventud como profundo en la madurez, parecía combinar todas las armonías de la naturaleza y de la idea, de la sensación y del pensamiento, de lo clásico y de lo romántico. Por él supimos que era posible la paz en el alma, aun en medio de la tormenta de las pasiones. Por él comprendimos que la poesía no era sólo inspiración, sino también conciencia, y que el arte debía ser a la vez forma y contenido, belleza y verdad. El FAUSTO, en especial, nos pareció entonces la cumbre del arte poético moderno, y su personaje principal el símbolo de toda la humanidad en su incesante y dramático afán de saber, de crear, de sentir y de ser.
Tanto era nuestro fervor, que nos propusimos traducirlo. ¡Y cuántas veces, sin concluir ninguna, quedaron abandonadas nuestras tentativas! Tú, en tu elegancia y tu fluidez de estilo, al ensayar algunos pasajes, sentías que la lengua de Castilla, tan rica y tan flexible, se te antojaba insuficiente para reproducir la inmensidad del pensamiento de Goethe, la inefable elocuencia de sus imágenes, la prodigiosa variedad de sus ritmos. Yo, en cambio, al acometer la tarea, caía en la cuenta de que mi estilo era demasiado rígido, demasiado ceñido a las tradiciones, como si la ciencia y el derecho hubieran atrofiado mi espíritu, impidiéndole volar con la ligereza de la fantasía germánica. Ambos desistimos, y el libro, que nos atraía y nos obsesionaba, quedó como una hermosa y vana aspiración.
Pasan los años; la vida nos lleva por diversos caminos; los estudios de la ley y la política reclaman la mayor parte de nuestro tiempo; el tedio y el cansancio amenazan con sepultar el recuerdo de la ardorosa juventud. Pero he aquí que, hace poco, revisando unos viejos papeles, tropiezo con mis primeros ensayos del FAUSTO, y, al verlos, se despierta en mí un vivo interés. La ocasión y el ánimo parecían propicios para reanudar la tarea. Vuelvo a leer el texto alemán, luego comparo mis traducciones, las corrijo, las pulo, las rehago, y, poco a poco, con un deleite que apenas me atrevo a confesar, el viejo sueño vuelve a la vida.
Mi primer impulso fue enviarte lo hecho para que me dieras tu opinión, como en otros tiempos. Pero la vanidad, esa vieja enemiga del buen sentido, me hizo pensar que, si bien mi trabajo acaso no era indigno de tu erudición y tu buen gusto, tampoco exigía el celo protector con que tú hubieras corregido mis faltas y alentado mis aciertos. Acaso la edad, o acaso la costumbre de trabajar en soledad, me habían dado una mayor seguridad. Me decidí, pues, a terminar la obra por mi cuenta, bajo la esperanza de que, al verla impresa, me perdonarías la audacia.
Sé bien que no soy el primero que emprende la traducción del FAUSTO al castellano. El insigne Don Rafael Maria de Labra, en su tiempo, y después Don Pedro de Ayala, han intentado honrosamente dar a conocer esta obra cumbre a nuestro público. Ni uno ni otro han logrado, a mi juicio, alcanzar la verdadera altura del original. Labra, en su afán de acomodar el texto a las formas clásicas del teatro español, sacrificó en gran parte el espíritu de Goethe, traduciendo más a la manera de Lope que a la de Schiller. Ayala, más fiel en el fondo, se resintió, sin embargo, de las dificultades métricas, y su traducción, aun siendo estimable, adolece de cierta pesadez y de alguna aridez. Mi propósito ha sido un punto medio: seguir lo más fielmente posible la idea y el pensamiento, conservando la plasticidad y la belleza de la expresión, y buscando un ritmo y una métrica que, sin renunciar del todo a la flexibilidad de la prosa poética, se acerquen a la variedad y a la armonía del original.
Te ruego, pues, que me perdones si no he logrado mi intento, y que, si acaso te place leer la obra, lo hagas con benevolencia, recordando que se trata de la traducción de un hombre de leyes, al que el gusto por las letras ha secuestrado por un momento de su austera vocación.
Adiós.
Teodoro Llorente.
Valencia, 17 de Abril de 1876.
FAUSTO
PROLOGO EN EL TEATRO
El Gerente.
El Poeta.
El Bufón.
EL GERENTE
Dos palabras, señores, a su gusto, antes que se dé el telón al fin, que el público, al fin y al cabo, es justo, y sabe lo que quiere de mí.
No es cosa fácil satisfacer a un público que exige sin cesar, que quiere ver y quiere aprender, y espera siempre un nuevo despertar.
No busquéis en mi teatro el don de lo que es nuevo y singular; no intentéis mi pobre pabellón con el Olimpo comparar.
Mis recursos son limitados, y mi caudal, muy modesto, es, pero os ofrezco tesoros guardados de mi pobre y pequeña mies.
Quiero mostraros mundos sin medida, con todo su fragor y su esplendor; veréis el alma humana encendida en gozo o en profundo dolor.
Tengo montañas, selvas y campiñas, y el mar inmenso, bravío y fatal; y aun las estrellas, todas, que en las cumbres dejan su luz, cual lágrima oriental.
Mas no esperéis ver en mi escenario lo que al espíritu causa tal pavor: no busquéis el vuelo imaginario, ni el reino de lo etéreo y superior.
Mi pobre escena, bien lo sé, es estrecha, y apenas cabe el humano que allí está, y cuando el público la mente acecha, con el alma se podrá confundir ya.
Yo os ofrezco solamente la vida, tal como es, y os diré lo que miente y lo que el hombre ve.
Que la ambición os abandone y os dejéis llevar tan solo por el corazón que os sonríe o por el que llora solo.
EL POETA
¡Silencio, Gerente, os lo suplico! Vuestra prosa, al oído me aturde, y me hace olvidar mi místico pensamiento que me urge.
¡Dejad que la inspiración me arrastre, que el alma se me eleve al cielo, que mi espíritu no se contraste con la tierra y su vil señuelo!
Yo quiero crear, inventar sin tasa, que la palabra sea fuego y luz, que el verso, cual torrente que traspasa los límites, al mundo dé su cruz.
Quiero pintar el ser y el no ser, el tiempo, el espacio, la eternidad, mostrar al hombre cómo debe ser en su plena, sublime majestad.
Quiero que mi obra sea un espejo donde el espíritu se mire y vea el ideal más puro y más añejo, la verdad que el corazón desea.
EL BUFON
¡Y yo os digo que todo es vanidad! Vuestro espíritu, vuestra inspiración, no son más que pura frivolidad, si no sirven a mi diversión.
El público no quiere sublimidades, ni meditaciones sobre el ser, quiere risas y calamidades, y que lo hagáis estremecer.
Mostradme el amor, el ardor, la pena, el vicio, la virtud, la ambición, que el alma humana, en su faz terrena, sea el objeto de mi canción.
Mas no me habléis de leyes ni de ciencia, ni de sistemas que encadenan la razón; quiero el ímpetu, la vehemencia, la pasión que agita el corazón.
EL GERENTE
¡Calmaos, poetas, yo os lo ruego! Vuestras luchas me hacen perder el tiempo. El público impaciente da un juego de miradas que anuncia su tormento.
Ved cómo os observan, con afán tan vivo, con esa sed de espectáculo y de encanto... ¡Dadles algo, y dadles algo altivo, que encienda su alma en fuego santo!
EL POETA
¡Mi corazón, mi espíritu se alza! ¡Haré que sientan el placer divino de ver la forma que nunca se enlaza con lo vulgar, con lo mezquino!
EL BUFON
¡Y mi alegría les hará olvidar que el mundo es feo y lleno de dolor! ¡Haré que rían y que al soñar se olviden de su triste pundonor!
EL GERENTE
¡Basta de disputas! El telón se abre... ¡Que cada cual cumpla su papel! El público aguarda, que no se trabe la magia de este humilde tropel.
(Se cierra el telón del teatro.)
NOCHE
Encerrado en mi estudio, con furor, he roto ya todos mis libros, y me duele el alma y el ardor de no hallar secretos ni equilibrios.
He estudiado con gran afán Filosofía, Medicina, y Derecho, y hasta el oscuro saber Satán me ha dado algún provecho.
Pero ¡ay!, que aún soy el mismo pobre Doctor Fausto, y siempre igual, de corazón y de saber cobre, con un ansia infernal.
Tengo el saber en mis manos, mas no lo siento mío, no; y cual milagro de arcano, mi espíritu se me va y no...
¡Oh, si pudiera yo saber las fuerzas ocultas del mundo, y al espíritu someter todo su poder profundo!
¡Si pudiera yo arrebatar las fuerzas que en la naturaleza yacen, y al hombre, al fin, revelar los secretos que le hacen!
¡Oh, las estrellas que allí arriba brillan, y que no puedo yo alcanzar! ¡Oh, los espíritus que me humillan, y me impiden mi ansiado lograr!
He llegado hasta el confín del saber, y ya nada me puede deleitar. Mi corazón se muere de querer lo que no puedo yo encontrar.
¡Malditas sean la esperanza y la fe, y la ilusión que engaña al mortal! ¡Maldito sea el saber, y que se vaya al infierno, al mundo fatal!
¡Maldita sea la ambición que guía, y el anhelo que nunca se sacia! ¡Maldita sea la sabiduría que al alma encadena y la desgracia!
Y he bebido ya tres veces el veneno, con la esperanza de un final feliz, pero el alma me dice: «¡No, sereno! Tu castigo no será tan fácil, ¡ay, sí!»
El veneno ya se prepara en mi copa, y mi mano tiembla al alzarla, mas oigo un eco que me topa, y me hace del mal apartarme y callar.
Es el canto de Pascua, que de lejos me trae un recuerdo tan grato, de mi juventud, de mis reflejos, cuando el hombre no era un aparato.
El sonido de las campanas, y el coro que entona el himno de la Resurrección, despiertan en mí un dulce decoro, y mi espíritu busca redención.
¡Ay! ¿Es posible que el ser, a pesar de todo, aún conserve algo de bondad? ¿Que un eco de lo bueno, mi modo de ser no destruya en su tempestad?
El recuerdo me vuelve a la vida, y mi mano deja el fatal cristal. ¡La vida, de nuevo, me es debida, aunque sea triste y mundanal!
FAUSTO Y WAGNER
(Al amanecer, en el camino hacia la ciudad.)
WAGNER
¡Doctor, mirad qué hermoso se presenta el sol sobre el campo y la pradera! El aire fresco me alimenta, y el alma se me aligera.
Ya se aleja la noche oscura, y el espíritu se regocija, la luz del día, tan pura, al corazón nos obliga.
¡Doctor, decidme, no os conmueve este despertar de la creación? ¿No os alegra, no os remueve esta nueva sensación?
No es acaso más grato este momento que el estudio en vuestra oscura estancia? ¿No os brinda el aire el contento que os da la vana ignorancia?
FAUSTO
¡Ay, amigo, no me halaguéis de ese modo! Mi corazón no se alegra en vano; el sol me recuerda, de modo que mi tormento es más
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