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AI Voice AudioBook: Papeles del doctor Angélico by Armando Palacio Valdés

AudioBook: Papeles del doctor Angélico by Armando Palacio Valdés

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PAPELES DEL DOCTOR ANGÉLICO

PRÓLOGO DEL EDITOR

I

Por qué le llamábamos doctor Angélico? Porque era ya doctor en Ciencias cuando nosotros cursábamos aún el año preparatorio de Jurisprudencia, y porque se llamaba Angel, Angel Jiménez. Una bromita de chicos que él no tomaba a mala parte porque era la bondad personificada.

La primera impresión que Jiménez producía era de hombre extraordinariamente inteligente, pero con una inteligencia algo apagada, como si tuviera siempre algo en la cabeza que le impidiera brillar con todo el esplendor de su luz interior. Tenía unos ojos hermosos, muy expresivos, de un azul claro y sereno; una frente ancha y despejada, y unas manos finas y pálidas, de médico o de pianista. Su cabello, de un rubio casi albino, caía en ondas sueltas sobre la frente y las sienes. Era alto, más bien delgado y de movimientos un poco lentos y medidos, como si temiera molestar el espacio con su presencia.

En el ambiente de la Facultad de Derecho, donde yo le conocí, el doctor Jiménez era una especie de figura exótica. Mientras los demás estudiantes discutíamos apasionadamente sobre los pros y los contras de la pena de muerte o sobre las virtudes y defectos de la jurisprudencia romana, él permanecía en silencio, observando con una curiosidad distante, casi científica. Si intervenía, era para hacer una pregunta sutil, una observación inesperada que ponía de relieve un aspecto del problema que nadie había considerado, o para exponer, con una lógica impecable, una teoría que nos dejaba a todos perplejos y admirados.

¿Qué hacía allí un doctor en Ciencias? Era una historia un poco larga. Jiménez había cursado la carrera de Ciencias Naturales con un brillo singular. Se doctoró a los veinte años con una tesis sobre la cristalización del cuarzo que mereció premios y elogios de la Academia. Parecía destinado a una vida de investigación pura, de laboratorio, lejos del bullicio mundano. Sin embargo, su padre, un notario de provincias muy aficionado a las prácticas forenses, le había impuesto la carrera de Derecho con la terquedad de quien cree firmemente en la utilidad de una profesión respetable.

—La ciencia es un hobby para caballeros, Angelito —le decía su padre—. Pero la Ley, hijo mío, la Ley es el pan que se come y el respeto que se gana.

Jiménez, obediente como siempre, se matriculó en Derecho, pero su espíritu seguía en el laboratorio, entre probetas y microscopios. Su falta de interés por las clases de Derecho Civil o Canónico era patente. Se le veía a menudo garabateando fórmulas complejas o esbozando diagramas botánicos en los márgenes de los tratados de Justiniano.

II

Nosotros, un grupo de estudiantes más o menos bohemios, nos sentíamos atraídos por él. Su serenidad era un bálsamo en medio de nuestra agitación juvenil. Le apodamos "El Doctor Angélico" por su nombre y su aura de santidad intelectual. Él aceptaba el apodo con una sonrisa leve, sin orgullo ni falsa modestia.

Nuestra amistad se consolidó una tarde de invierno, en la vieja cafetería del Gato Negro, donde solíamos reunirnos para fumar cigarrillos baratos y debatir sobre la existencia de Dios o el sentido de la vida. Había una disputa encendida sobre la herencia del señor Gumersindo, un vecino muerto sin testamento. Yo defendía la posición de los parientes lejanos, basándome en el derecho natural.

Jiménez, que hasta entonces había estado leyendo un libro encuadernado en piel y sin título aparente, levantó la vista.

—El problema no es de justicia natural —dijo con su voz suave y musical—, sino de entropía social y de conservación de la energía psíquica.

Nos miramos atónitos.

—¿Cómo dice eso, Doctor? —pregunté.

—Verán —continuó, dejando el libro a un lado—. La herencia es una transferencia de capital acumulado. Si los bienes van a parar a manos de familiares lejanos que no tuvieron relación alguna con el causante, se produce una disipación inútil de esa energía acumulada. El acervo se dispersa en hábitos nuevos e inútiles. Si, por el contrario, los bienes quedaran en manos del Estado, o mejor aún, destinados a un fin científico o cultural específico, la energía se canalizaría productivamente.

Nos explicó, con ejemplos tomados de la física y la biología, por qué la ley de sucesión intestada le parecía una solución ineficiente desde un punto de vista cosmológico. No entendíamos ni la mitad, pero su manera de exponerlo era tan fascinante que nos obligó a replantearnos conceptos que dábamos por sentados.

III

A partir de ese día, yo frecuenté más su humilde apartamento cerca del Río Manzanares, un lugar donde el olor a productos químicos competía con el humo de tabaco y el aroma a libros viejos. Allí guardaba sus tesoros: colecciones de minerales, herbarios secos y un microscopio de latón antiguo que parecía más un instrumento de alquimista que de científico.

Jiménez no era solo inteligente; era profundo. Tenía una capacidad asombrosa para ver las estructuras subyacentes de las cosas. Mientras nosotros veíamos un árbol, él veía un complejo sistema de capilares que transportaba savia contra la gravedad, luchando contra la entropía. Mientras nosotros veíamos una ley, él veía una construcción humana frágil, sujeta a la evolución y al olvido.

Su verdadera pasión, sin embargo, eran los seres humanos. A pesar de su distanciamiento inicial, el doctor Angélico poseía una sensibilidad extraordinaria para percibir las sutilezas del alma. Nunca juzgaba; solo observaba, catalogaba y, a veces, intervenía con una delicadeza quirúrgica.

Sus observaciones sobre la naturaleza humana eran, para mí, más valiosas que todos los códigos legales. Por eso, cuando comenzó a escribir esos "papeles", registrando sus reflexiones y los casos curiosos que captaba en su observación diaria de la sociedad, supe que estaba presenciando el nacimiento de algo importante. Él no escribía para publicar, al principio, sino para ordenar su propio pensamiento, para desentrañar el enigma del hombre bajo la luz fría y objetiva de la ciencia.

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