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Libro electrónico gratuito, voz IA, audiolibro: Metamorfóseos o Transformaciones (2 de 4) de Ovidio

Audiolibro con Voz IA: Metamorfóseos o Transformaciones (2 de 4) de Ovidio

Audiolibro: Metamorfóseos o Transformaciones (2 de 4) de Ovidio

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METAMORFÓSEOS ó TRANSFORMACIONES DE OVIDIO.

METAMORFÓSEOS

ó

TRANSFORMACIONES DE OVIDIO,

TRADUCIDOS AL CASTELLANO

CON ALGUNAS NOTAS PARA SU INTELIGENCIA,

POR DON FRANCISCO CRIVELL.

NUEVA EDICION.

TOMO II.

MADRID EN LA IMPRENTA REAL AÑO 1809.

LIBRO QUARTO.

ARGUMENTO.

PÍRAMO y Tisbe, dos amantes de Babilonia, se dan cita en un lugar apartado; pero Tisbe llega sola, y huyendo de un león, deja caer su velo, que Píramo encuentra manchado de sangre: creyendo que su amada ha muerto, se mata con su espada, y Tisbe, al hallar su cuerpo, se suicida con la misma.

FÁBULA PRIMERA. Píramo y Tisbe.

En Babilonia, ciudad ilustre por sus torres, vivieron dos jóvenes de ilustres familias, Píramo y Tisbe, los más hermosos que la tierra había producido; la fama de su belleza había pasado ya los límites del país. El amor los unió, y se amaron con un amor tan vehemente como puro.

Su casamiento no era permitido por sus padres, que prohibían sus conferencias y sus miradas. Mas el amor, que no admite barreras, les hizo hallar un medio para comunicarse sus tiernos sentimientos. Una grieta había en el muro que dividía sus casas, abierta por alguna antigüedad, y que no habían advertido los padres de los jóvenes; ésta les sirvió para conversar. Por aquel estrecho conducto se comunicaban sus suspiros, y a menudo se daban tiernos besos sin poderse ver.

Al cabo de algún tiempo, y hartos ya de estas secretas pláticas, determinaron huir juntos. Acordaron encontrarse en el campo, bajo la sombra de un gran moro, que crecía junto a un sepulcro de Nino, a la luz de la luna.

Salieron los dos a la hora convenida, y cuando Tisbe llegó al sitio señalado, vio que de la espesura salía un león, con la boca ensangrentada, sediento aún de la sangre de unas vacas que acababa de matar. Tisbe, aterrada, se refugió en una cueva cercana.

En su fuga se le cayó el velo, que el león, al pasar, rasgó y manchó con su sangre.

Poco después llegó Píramo, y encontrando el velo ensangrentado, creyó que Tisbe había sido devorada por la fiera. Lleno de dolor, y maldiciendo su cobardía por no haber llegado antes, sacó su espada, que siempre llevaba consigo, y se la hundió en el vientre.

Mientras tanto, Tisbe, temiendo que Píramo estuviera en peligro, salió de la cueva. Al llegar al lugar, vio el cadáver de su amante bañado en su propia sangre. En ese instante divisó el velo roto, reconoció su prenda, y comprendió el error que había cometido Píramo.

Llamándolo en vano, y queriendo compartir su suerte, se arrojó sobre la misma espada que había dado muerte a su amado, y cayó muerta junto a él. Los dioses, apiadados de su amor, hicieron que el color de las moras, que entonces eran blancas, se tornase rojo sangre, para que su fruto recordase siempre el trágico fin de Píramo y Tisbe.

FÁB. II. Marte y Venus.

En cierto tiempo, la bella Venus, esposa de Vulcano, y amada de Marte, fue vista por el sol mientras se unía a su amante. El sol, celoso de la afrenta que se hacía a la virtud de su amigo Vulcano, se lo participó.

Vulcano, indignado, forjó unas redes de un metal tan fino y tan ligero, que eran casi invisibles, y con ellas cercó la cama de su esposa, esperando sorprender a los amantes. Apenas Marte entró en la habitación, Venus lo siguió, y ambos cayeron presos de la sutil red.

Vulcano, entonces, llamó a los demás dioses, y mandó que todos fueran testigos de la infidelidad de su esposa. Los dioses rieron al ver al dios de la guerra, el más valiente y altivo de todos, preso como un criminal, y a Venus, la diosa de la hermosura, sujeta a su vil esposo.

Marte, avergonzado y lleno de rabia, pidió a Vulcano que lo libertase, ofreciéndole un gran tesoro. Venus también lo suplicó. Vulcano, después de satisfacer su venganza, los dejó libres, no sin antes advertirles que su deshonra había sido vista por todos.

Marte, lleno de cólera, juró vengarse del sol por haber sido el delator, y Venus, en su retiro, pensó cómo podría vengarse del mismo sol por la misma causa.

FÁB. III. Apolo y Leucotoe.

Apolo, el hermoso hijo de Júpiter y Latona, que ardía en amor por la bella Leucotoe, hija del rey de Persia, Perseo, y de Eurinome, pretendía conseguir sus favores por medio de ruego y promesas, pero ella lo rehusaba con desdén.

Apolo, desesperado por el rechazo, y viendo que la fuerza no era el medio para vencer su modestia, recurrió al engaño. Tomó la forma de Eurinome, madre de Leucotoe, y entró en la cámara de la joven.

Leucotoe, creyendo que era su madre, la recibió con el debido respeto. Apolo, aprovechando la confianza de la joven, le declaró su amor. Leucotoe, al reconocer el engaño y al escuchar las torpes propuestas del dios, se indignó y trató de huir.

Apolo, temiendo perderla, la retuvo con fuerza. La joven se resistió con gran valor, pero no pudo librarse de su raptor. Venus, que había sido ofendida por el padre de Leucotoe en una disputa sobre la belleza de sus hijos, y que estaba celosa del amor de Apolo, ordenó a Clizia, una ninfa que amaba a Apolo, que revelase el secreto de Leucotoe.

Clizia, despechada por el desdén de Apolo, reveló el ultraje. Apolo, para evitar el castigo de su padre, transformó a Leucotoe en un arbusto de incienso, cuyas flores exhalan un olor suave y agradable, como si el mismo dios quisiera perfumar su deshonra.

Clizia, al ver la transformación de Leucotoe, y al saber que Apolo la aborrecía más que nunca por haber revelado su secreto, cayó en profunda melancolía. Se sentó en el campo, sin comer ni beber, y se consumió en su amor. Su cuerpo se transformó en una flor que siempre mira al sol, llamándose girasol, para seguir eternamente a su dios.

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