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Audiolibro: Serie de Lenguas Modernas de Heath: José por Armando Palacio Valdés
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ARMANDO PALACIO VALDÉS
JOSÉ
POR
ARMANDO PALACIO VALDÉS
Editado con Introducción y Notas por
F. J. A. DAVIDSON, Ph.D.
Y con un Vocabulario por
ALICE P. F. HUBBARD, M.A.
D. C. Heath & Co., Editores Boston Nueva York Chicago
JOSÉ
CAPÍTULO PRIMERO
El sol de la tarde, con esos gloriosos fulgores de oro y púrpura que son tan propios de los climas del Sur, inundaba de luz la rica campiña asturiana. Un cielo purísimo, sin una nube que anunciase la más leve amenaza de lluvia, se extendía como un inmenso dosel de zafiro sobre los verdes valles y las orgullosas montañas. El aire, templado y suave, venía cargado del perfume de las flores silvestres, y el canto de los pájaros llenaba el silencio de la tarde con una música incesante y dulce.
En medio de este paisaje de idílica belleza, muy cerca de la villa de Puentenuevo, en el centro de una espaciosa y bien cuidada finca, se alzaba el caserío de Las Vegas. No era un palacio, ni siquiera una casona solariega de esas que en la región se ven con tanta frecuencia, pero tenía el encanto severo y modesto de las casas antiguas, bien cimentadas, vestidas de granito y recubiertas de hiedra en ciertas partes. Rodeaban la casa, con el esmero de una madre que cuida a su hijo predilecto, extensos jardines y huertos bien labrados, donde los árboles frutales parecían competir en generosidad.
A la sombra de un centenario roble, cuyas ramas se extendían como brazos protectores sobre el césped, descansaba, reclinado en una rústica silla de madera, un muchacho de unos dieciséis años. Su cabeza, coronada por una maraña de cabellos negros y rizados, se apoyaba en la mano derecha, mientras que la izquierda sostenía un libro abierto sobre las rodillas. Vestía ropas sencillas, pero limpias: pantalón de paño oscuro, camisa blanca y un chaleco de lana que contrastaba con el tono moreno de su tez. Sus facciones, finas y algo melancólicas, revelaban una inteligencia viva y una sensibilidad profunda. Los ojos, de un color indefinido entre el castaño y el verde, fijos en las líneas del libro, parecían, sin embargo, no percibir las palabras, sino perderse en el infinito de la campiña.
El muchacho era José, el hijo único del matrimonio formado por don Ricardo de Las Vegas y doña Amalia. Su vida, hasta aquel momento, había transcurrido entre el sosiego de aquella finca y los rigurosos estudios que le preparaban para la universidad, a donde se dirigía al año siguiente. José amaba apasionadamente la naturaleza que le rodeaba, y en aquellos paseos solitarios encontraba el refugio y el consuelo que buscaba en la lectura.
El silencio de la tarde se quebró de pronto por el sonido de unas voces que se acercaban. Eran dos niños, más jóvenes que José, que corrían por el sendero que bordeaba el jardín, lanzando al aire gritos alegres y desordenados. Llevaban el pelo revuelto y la ropa algo sucia de tierra, señal evidente de sus juegos al aire libre.
—¡Corre, Pepe, corre! —gritaba uno, más bajo y vivaz.
—¡Que te alcanzo, Lillo! ¡Espera, villano! —respondía el otro, con voz más grave y acento asturiano marcado.
Al ver a José, los muchachos se detuvieron en seco, como si hubiesen tropezado con un obstáculo inesperado. Sus carreras se detuvieron, y el júbilo de sus juegos pareció atenuarse ante la presencia del joven estudioso.
—Buenas tardes, señor José —dijo el más bajo, con una inclinación respetuosa.
El otro, que se llamaba Pepe, se acercó con menos timidez, y con un gesto infantil se alisó el pelo.
—¿Qué lees, señor José? ¿Otra de esas historias de romanos?
José sonrió levemente, cerrando el libro con suavidad.
—No, Pepe. Hoy es algo distinto. Es de un autor francés, que habla de… de la vida en el mar.
Los niños se miraron con interés, pero pronto la llamada de sus juegos pudo más que la curiosidad literaria.
—Nosotros nos vamos a la fuente, señor José —informó Lillo—. Dicen que el agua está helada hoy. ¿No quiere usted venir a refrescarse un poco?
José negó con la cabeza.
—No, gracias. Tengo que terminar un capítulo. Además, vuestra madre me mandó avisaros que os preparéis para la cena.
Los niños se pusieron serios al oír la última frase. La mención de la madre siempre tenía un efecto inmediato en su comportamiento.
—¡Vamos, Pepe! —dijo Lillo, tirando de la manga de su compañero.
—¡Que nos van a regañar! —añadió Pepe, con un gesto de fastidio.
Y los dos muchachos emprendieron una retirada menos entusiasta que la anterior, dirigiéndose hacia la casa. José los observó hasta que desaparecieron tras el muro cubierto de rosas trepadoras.
El silencio volvió a adueñarse del jardín, un silencio que no era soledad, sino una plácida compañía del alma con el paisaje. José volvió a abrir el libro, pero sus ojos se desviaron de nuevo hacia el horizonte. Las cumbres de las montañas, teñidas de un rosa pálido por los últimos rayos del sol, parecían llamarle. Sentía una extraña inquietud, un deseo de evasión que contrastaba con la paz material de su entorno.
De pronto, se oyó un ruido seco, como de madera rompiéndose, seguido de un grito ahogado. José se irguió de un salto, dejando caer el libro al césped. Su rostro, hasta entonces sereno, se crispó de preocupación. El sonido había venido de la parte trasera de la finca, cerca del viejo cobertizo de aperos.
Se levantó y caminó con decisión hacia el origen del ruido. A medida que se acercaba, el olor a tierra mojada y heno se hizo más fuerte. Al rodear el cobertizo, encontró la escena que había imaginado, pero con un elemento adicional que le heló la sangre.
Dos hombres corpulentos, vestidos con harapos y con rostros curtidos por el sol y el viento, forcejeaban con un anciano delgado y encorvado, cuyo bastón yacía roto a sus pies. El anciano era Mateo, el más viejo y fiel de los capataces de la finca, conocido por su carácter irascible pero leal.
—¡Soltadme, perros! —chillaba Mateo, luchando con una fuerza que desmentía sus años.
—¡Cállate, viejo, o te rompemos el otro brazo! —gruñó uno de los agresores, empujándolo contra la pared de madera.
José sintió cómo la sangre le subía al rostro. Aquella violencia, presenciada en su hogar, le produjo una reacción violenta e instintiva. Sin pensarlo dos veces, lanzó un grito que resonó en el sosiego del atardecer.
—¡Achicar, muchachos, achicar! —gritó, usando la expresión de mando que su padre solía emplear cuando el ganado se alborotaba.
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