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Audiolibro con Voz IA: Del Plata al Niágara por Paul Groussac

Audiolibro: Del Plata al Niágara por Paul Groussac

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DEL PLATA AL NIÁGARA

PAUL GROUSSAC

... J’étais là; telle chose m’advint. (LA FONTAINE.)

A Carlos Pellegrini

No siendo estas notas personales el meditado estudio que correspondería á un encargo oficial, ni un homenaje digno del alto magistrado que tanto contribuyó á que yo las escribiese,—no las dedico al que era entonces Presidente de la República y es siempre una fuerza nacional y una gloria de su patria: sino, en prueba de afecto y agradecimiento, al juez más indulgente de mi esfuerzo, al fiel amigo de la juventud y de la madurez.

P. G.

PREFACIO

Algunas de estas páginas han visto la luz en La Nación de Buenos Aires, otras en La Biblioteca; el resto es inédito. Por lo demás, tienen todas ellas idéntica procedencia: han sido redactadas sobre apuntes personales, tomados durante el mismo viaje y sin hacer mucha cuenta de la opinión exterior. No espere, pues, el lector informarse aquí de impresiones ajenas, sino de las mías.

Escribo el prefacio de este libro sin haber visto reunidos jamás ni conocido por su orden todos sus capítulos; pues está demás advertir que la lectura tropezosa y fragmentaria de las pruebas, lejos de suministrar un buen elemento de juicio, tiene por efecto saturar de su prosa al enervado autor, inhabilítandole para volver á leerse impreso en mucho tiempo. No creo, sin embargo, que la parte inédita sea más débil que la que fué recibida con indulgencia, y tal vez suceda que los defectos de una y otra se atenúen en el conjunto. De desear sería que el escritor observase el precepto de Horacio, estacionando su obra recién nacida hasta que, olvidado de los «trabajos de Lucina», pudiese juzgarla con relativa imparcialidad y corregirla con acierto. Por mi parte soy bastante propenso á seguir el consejo; pero acaece que, una vez guardado en la gaveta, casi no hay manuscrito que vuelva á salir. Tengo la satisfacción de ser un autor inédito de gran avío y reserva. ¿Qué necesidad de exhibir el pensamiento, si el único deleite está en pensar? Lanzar una astilla más á la corriente que pasa ... ¿Para qué, para quién?

Á no bastar la experiencia de los años, sería suficiente la de mi oficio de bibliotecario para enseñarme la vanidad de estas protestas contra el invencible olvido. Debemur morti. Repletos están esos armarios de obras maestras que yo mismo no he leído ni leeré jamás. Durante el período veintenario del desarrollo mental, no se alcanza á leer realmente dos mil volúmenes; y apenas si se utiliza una décima parte de esos ingesta, eliminándose por inasimilable el resto de la materia alimenticia. Dedúzcase, además, la masa de lecturas inútiles, de frívola curiosidad ó manía erudita, fuera de las nocivas, que destejen el tejido anterior y, con nuevas opiniones sugeridas, agravan la servidumbre del espíritu. Más tarde, se cata uno que otro libro, para comprobar que casi todos se repiten.

Es gran consuelo de no poder leerlo todo, la conciencia de que fuera vana la empresa imposible. Una biblioteca es ante todo un cementerio: contiene mil autores muertos por uno vivo—que pronto morirá. El monumento enorme de la ciencia se viene edificando sobre un tremedal: no sólo en razón de su frágil estructura, sino porque al peso de cada hilada nueva, se hunde otra á flor de tierra hasta desaparecer. El aspecto de la ciencia cambia cada quince años; antes de concluída, cualquiera publicación extensa tiene ya partes caducas. Consiste el progreso científico en sustituir la semiverdad de ayer por la cuasiverdad de hoy—que durará hasta mañana. Cada generación surgente tiene por inmediato deber enterrar á la anterior. Casi nada subsiste útilmente; con una parte de los materiales antiguos, la fábrica flamante reemplaza á la decrépita. Cada «clase» recién llegada rehace por su cuenta la ciencia, la filosofía, la crítica. La historia es una tela de Penélope: todo es sustentable porque todo es incesantemente deshecho. Si por milagro se conservara intacta la filosofía y la ciencia del siglo pasado, ¿qué haríamos con ellas? ¿Serían más valiosas por ser viejas, sin el complemento indispensable de la bibliografía de la época que las vio nacer?

Por suerte, no se trata aquí de filosofía ni de ciencia, sino de un viaje. El viaje es una de las maneras más eficientes de adquirir conocimiento, porque impone el cambio de ambiente, el contraste de costumbres, y la meditación en medio del movimiento. En el continente americano, por otra parte, el viaje enseña más que en el viejo mundo, donde ya todo está medido, catalogado y clasificado.

Del Plata al Niágara. Mi ruta no fué arbitraria. El impulso de ir á Norteamérica me vino de un encargo oficial, cuyo objeto se adivinará en estas páginas. Pero antes de abordar el tránsito por el Brasil, las Antillas y los Estados Unidos, quise honrar la memoria de un amigo dándome el gusto de viajar por la República Argentina y el Uruguay. La idea de escribir sobre estos países se me ofreció apenas puse pie en ellos, porque todo me sorprendía y me daba pie á la reflexión. La ciudad de Buenos Aires, en particular, me pareció, al verla libre de las prisas de la vida diaria, una joya que es preciso mirar con calma para descubrir su brillo, y en la que se nota ya la impronta de la civilización moderna. En el interior, y luego en Montevideo, mi cuaderno se llenó de apuntes sobre la naturaleza, la industria, la sociedad, las costumbres y la política. Quien no ha recorrido el Río de la Plata y sus afluentes, quien no ha visto el campo argentino, tiene una idea incompleta de la vitalidad que allí se agita, y del futuro que le aguarda.

El itinerario, desde Buenos Aires hasta Nueva York, es amplio. El autor ha procurado reflejar en él no sólo el aspecto material de los países visitados, sino también el ambiente moral, el temperamento de sus habitantes, y la atmósfera intelectual que los rodea. Con esto, he querido ofrecer al lector más que una mera crónica, un mosaico de observaciones y un intento de interpretación. El resultado, lo confieso, no es un tratado ni un ensayo; es un libro de memorias de viaje, escrito con el cariño del que ve por primera vez una cosa nueva y la relata sin otra ambición que la de compartir su entusiasmo con quien le escuche.

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