Free eBook, AI Voice, AudioBook: El anacronópete; Viaje a China; Metempsicosis by Enrique Gaspar

AudioBook: El anacronópete; Viaje a China; Metempsicosis by Enrique Gaspar
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CAPÍTULO PRIMERO
En el que se prueba que ADELANTE no es la divisa del progreso
París, foco de la animación, centro del movimiento, núcleo del bullicio, presentaba aquel día un aspecto insólito. No era el ordenado desfile de nacionales y extranjeros dirigiéndose a la exposición del Campo de Marte ya para satisfacer la profana curiosidad, ya para estudiar técnicamente los progresos de la ciencia y de la industria. Mucho menos reflejaban aquellas fisonomías la alegre satisfacción con que los habitantes de la antigua Lutecia corren anualmente a ver disputar el gran premio en el concurso hípico destrozando palabras inglesas y luciendo trajes y trenes, capaz cada uno de satisfacer el precio del handicap y de saldar todos juntos la deuda flotante de algún Estado.
Verdad es que aunque época de certamen universal, pues desfilaba el año de 1878, no lo era de carreras, pues no habían transcurrido más que diez días del mes de julio. Además no había vaivén; es decir que no acontecía lo que en aquellos casos, que la gente que se divierte se cruza en opuesta dirección con la que trabaja o huelga. Todos seguían el mismo rumbo llevando impresa en la mirada la huella del asombro. Las tiendas estaban cerradas, los trenes de los cuatro puntos cardinales vomitaban viajeros que asaltando ómnibus y fiacres no tenían más que un grito: «¡Al Trocadero!»
Los vaporcitos del Sena, el ferrocarril de cintura, el tram-way americano, cuantos medios de locomoción en fin existen en la Babilonia moderna, multiplicaban su actividad hacia aquel punto atractivo del general deseo. Aunque el calor era sofocante como de canícula, dos ríos humanos se desbordaban por las aceras de las calles, pues, exceptuando los vehículos de propiedad, París con sus catorce mil carruajes de alquiler, no podía transportar arriba de doscientas ochenta mil personas, concediendo a cada uno diez carreras con dos plazas; y como la población se elevaba a dos millones, en virtud del espectáculo del día a que todos querían asistir, resultaba que un millón y setecientos veinte mil individuos tenían que ir a pie.
El Campo de Marte y el Trocadero, teatro de aquella representación única, habían sido invadidos desde el amanecer por la impaciente multitud que, no contando con billete para la conferencia que en el salón de festejos del palacio debía celebrarse a las diez de la mañana, se contentaba con presenciar la segunda parte, mediante el valor de la entrada, en el área de la Exposición. Los que ya no tuvieron acceso a ella, asaltaron los puentes y las avenidas. Los más perezosos o menos afortunados se vieron reducidos a diseminarse por las alturas de Montmartre, los campanarios de las iglesias, las colinas del Bosque y las prominencias de los Parques. Tejados, obeliscos, columnas, arcos conmemorativos, observatorios, pozos artesianos, cúpulas, pararrayos, cuanto ofrecía una elevación había sido adquirido a la puja; y los almacenes quedaron exhaustos de paraguas, sombrillas, sombreros de paja, abanicos y bebidas refrigerantes para combatir al sol.
¿Qué ocurría en París? Hay que ser justos. Ese pueblo que así se admira a sí propio colocando sus medianías sobre pedestales para que el mundo los tome por genios, como se divierte consigo mismo caricaturándose en sus infinitos ratos de ocio, se conmovía esta vez con sobrada razón. La ciencia acababa de dar un paso que iba a cambiar radicalmente la manera de ser de la humanidad. Un nombre, hasta entonces oscuro y español por añadidura, venía a borrar con los fulgores de su brillantez el recuerdo de las primeras eminencias del mundo sabio. Y en efecto. ¿Qué había hecho Fulton? Aplicar a la locomoción marítima el vapor. ¿Qué había hecho Morse? Aplicar la electricidad a la transmisión de las noticias. ¿Qué había hecho Arago? Establecer la identidad del movimiento de la luz con el del sonido.
Pues bien: todo eso era juego de niños comparado con lo que iba a presenciarse. El francés, que tan bien sabe apreciar los prodigios, se sentía henchido de entusiasmo, pues el orador que iba a tomar la palabra era un hijo de su patria: el célebre, el inigualable profesor H——.
A las diez y media, y sin más ceremonia que la que se acostumbra en las asambleas científicas, el profesor H—— se puso en pie.
El murmullo cesó; el silencio se hizo absoluto; hasta el aire pareció contener el aliento. Los que lejanos estaban, temían perder hasta el eco de la voz del sabio, y los de las primeras filas, se inclinaban con una expectación febril para no perder la menor inflexión de aquel genio. El profesor H——, con la serenidad que da la conciencia de un gran pensamiento, aguardó un momento, recorrió con la mirada el auditorio, y luego, con voz clara y grave, que se transmitía y se percibía con la misma nitidez a los más apartados del salón, comenzó a decir:
—Señores: El progreso, esa divisa que nos guía en la vida, es un concepto que debemos revisar y, si es necesario, reformar. El progreso, tal como lo entendemos hoy, no es sino el avance en la aplicación práctica de las fuerzas que nos son conocidas. Mas yo os digo que el verdadero progreso reside en el descubrimiento de fuerzas desconocidas.
Un murmullo recorrió la sala, como una onda de agua agitada por la caída de una piedra.
—Y como prueba de mi aserto —continuó el profesor—, os anuncio que he descubierto y puesto en práctica una nueva fuerza, una fuerza que la naturaleza tenía oculta y que yo he sabido arrancar de su seno. Esta fuerza es la que permite el fenómeno que presenciaréis en unos instantes.
En aquel momento, la multitud que no pudo entrar en el salón, y que se había concentrado en el Campo de Marte, empezó a gritar con desesperación.
—¡Lo hace! ¡Lo hace! —gritaban a la vez miles de voces.
El profesor H—— se detuvo y miró hacia el vasto recinto de la Exposición.
—¿Qué sucede? —preguntó con un tono de curiosidad, que no parecía bien avenirse con la gravedad del momento.
—¡Es el fenómeno, señor profesor! —contestó uno de los encargados, acercándose apresuradamente.
—Pues bien —repuso el orador, con una sonrisa de triunfo—: ese fenómeno es la prueba de mi aserción. La ciencia ha avanzado, y el primer paso que ha dado en esta nueva vía es el que ahora vais a presenciar.
Y mientras el orador hacía esta alocución, el asombro de la muchedumbre era cada día mayor. En el centro del vasto cuadrilátero de hierro que formaba el edificio de la Exposición, se había elevado, sin más apoyo que su propio peso, un pequeño globo, de no más de dos metros de diámetro, que flotaba sobre el suelo, manteniéndose en el aire con una calma maravillosa.
—¡El aire lo sostiene! —gritó un ingeniero de la Politécnica.
—¡No, es el gas! —replicó otro.
—¡Es un truco! —murmuró un hombre elegante que estaba a la derecha del orador.
—¡Un truco de H——! —añadió otro.
El profesor H—— sonrió, y añadió:
—No es aire ni gas, señores. El globo que veis flota gracias a una fuerza que os sorprenderá: la fuerza del tiempo.
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