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AudioBook: Cuentos de amor by condesa de Emilia Pardo Bazán
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CUENTOS DE AMOR
PREFACIO
Tranquilízate, lector: no se trata de un prólogo grave pegado a un libro de entretenimiento, lastre de plomo de algo tan leve como el ala de la mariposa: sólo encontrarás aquí unas cuantas advertencias, por otra parte innecesarias si para mí no rigiesen distintas leyes que para los demás autores, y si en mí no se calificase de delito lo que en ellos es acción indiferente, cuando no gracia merecedora de aplauso.
No ignorarás que he escrito a estas fechas gran número de cuentos, pero acaso te sorprenda si digo que pasan de cuatrocientos, y a todo correr se acercan a quinientos ya. No pocos, antes de ser recogidos en volumen, andan vertidos a varias lenguas en tierras muy lejanas, a pesar del descuido de una autora que no por indiferencia ni por desdén, sino por falta de tiempo, suele no contestar a las amables cartas de sus bondadosos traductores.
De estos cuatrocientos y pico de cuentos hay tres ó cuatro de los cuales se murmuró; para decir más verdad, de quien se murmuró no fué de ellos, sino de mí, negándome la propiedad del asunto. Ninguno de los incluídos en el presente volumen ha sido discutido, que yo sepa, en concepto tal; pero me adelanto, lector, a advertirte que tres de los que aquí te ofrezco no son míos por el asunto, y cinco ó seis tampoco son patrimonio de mi inventiva, sino narraciones de casos auténticos y reales--lo que Fernán Caballero llamaba sucedidos.--Yo los vestí y arreglé a mi manera, unas veces por gusto y capricho, otras, sobre todo cuando se trata de sucesos recientes, por respetos a la vida privada ajena.
Al ver la luz en El Imparcial el cuento titulado La sirena, consigné en nota que su asunto estaba tomado de un lindo y breve apólogo de Leopoldo Trenor, La gata blanca. Después hubo quien me aseguró que el apólogo, a su vez, se funda en una poesía alemana. No he podido comprobar la aserción, y queda rectificada de antemano, si fuese inexacta y si el señor Trenor, en vez de hacer como yo hice, hubiese concebido la idea primera del apólogo.
La cabellera de Laura es libre glosa de un ejemplo que refiere el franciscano Padre Juan Laguna en sus Casos raros de vicios y virtudes para escarmiento de pecadores.--Mi suicidio y Cuento soñado, son pensamientos que me sugirió platicando el ilustre y venerable Campoamor; y aunque él, a fuer de opulento, no reclamaría nunca esas dos perlitas, me complazco en agradecerle el donativo y en pedirle excusas por el engarce.
Y pues se trata de perlas, vamos a La perla rosa. Verdaderamente me asombra, lector entendido, que mis vigilantes aduaneros y agentes del resguardo no hayan gritado ¡matute! cuando inserté ese cuento en El Liberal. Me denuncio, ya que ellos se duermen. A los pocos meses de aparecer en El Liberal La perla rosa, ví en el mismo diario un cuento ajeno, firmado por León de Tinseau, y titulado La perla negra, que, además de la semejanza del título, ofrecía coincidencias de asunto. En ambos cuentos, la pérdida de una perla descubre la falta de una mujer. Leído el cuento de Tinseau, tuve esperanzas de que fuese posterior en fecha al mío, y escribí a Miguel Moya rogándole me dijese dónde lo había encontrado. Al saber que en un libro que lleva por epígrafe Mon oncle Alcide, lo encargué a Francia, y ví que estaba impreso hacía tres ó cuatro años. Por lo tanto, a la letra, yo soy quien ha aprovechado una idea de Tinseau. Los que no den crédito a mi afirmación de que ni sospechaba la existencia de La perla negra cuando escribí La perla rosa, dueños son de afirmar a su vez que ésta es hija de aquélla. Sin falsa modestia, debo añadir que La perla rosa tiene mejor oriente.
Con igual sinceridad declaro que si he tomado de un cuento del francés Guy de Maupassant el argumento de El rey del valle, fué porque me pareció digno de mejor estampa, y me complazco en confesarlo, como me complazco en afirmar que no conocía sino de oídas el Chasseur de loups de Maupassant cuando escribí el mío. El lector, si es propenso a creer que hay plagios en este volumen, no ignorará que he incurrido en ellos de buena fe, y que en la mayoría de los casos he dado pulimento a ideas ajenas.
He dicho. ¡Ya puede el lector abrir el libro sin temor á encontrar en él un prefacio impertinente!
LA SIRENA
Cuando el marinero Jacinto se hizo viejo, se retiró á la costa de Asturias, donde la espuma del mar rompe contra los pedruscos con un rumor tan musical como el de las arpas de plata que en el fondo de las aguas dice la fábula que tocan las sirenas.
Jacinto era hombre de mar desde niño; su vida había transcurrido entre el rugido del temporal y el silbido del viento entre las jarcias. Había sido pescador, primero, y luego armador, y por último, capitán de un mercante que hacía la carrera de América. En todas las contingencias había mostrado igual pericia y bravura.
Se había casado con una moza rubia, fuerte y sana, de mejillas encendidas y mirada clara, la cual le había dado tres hijos, todos varones, los cuales, como el padre, se hicieron marineros.
Jacinto, cuando dejó el mar, guardaba buena posición; mas no supo acostumbrarse á la quietud de la tierra. Dejó el pueblo que le había visto nacer, donde su casa era la más cómoda y bien provista, y alquiló una casita de pescador en la costa, frente á la playa de Arna.
No era bonita la casita, mas tenía un balcón que se adentraba sobre el mar, y desde él se divisaba una vista magnífica. Allí pasaba Jacinto las horas, con la vista perdida en el horizonte, escuchando la voz del mar. Su mujer, la pobre, suspiraba á veces con amargura:
—¡Ay, Jacinto! ¡Si pudieras acostumbrarte á la vida de la tierra! ¡Qué soledad! ¡Qué tristeza!
—¡Calla, mujer! —respondía él, sin dejar de mirar el mar—. ¡Es mi única compañía!
No era hombre supersticioso Jacinto, á pesar de su vida en el mar; pero la gente de la costa, la gente que vive entre la tierra y el agua, son á veces más crédulas que los que habitan en la ciudad. Y los pescadores de Arna, que tenían por Jacinto un respeto inmenso, le oían contar sus aventuras con admiración.
Un día, Jacinto, después de haber estado la mañana entera en el balcón, bajó á la orilla, encendió su pipa y se sentó en una roca. Unos niños que jugaban cerca del agua se le acercaron con curiosidad. Eran hijos de pescadores pobres, harapientos y rubicundos.
—Jacinto —dijo uno de ellos, el más atrevido—, ¿es verdad que has visto sirenas?
Jacinto sonrió.
—Las he oído, muchachos, muchas veces; pero nunca las he visto.
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